
– Sus prolongadas ausencias -aventuró Myron-, ¿no han dado pie a cierta… tirantez?
Linda Coldren negó con la cabeza.
– Todo esto no tiene ningún sentido.
– Sólo intento…
– Mire, señor Bolitar, Chad no está detrás de esto. De acuerdo, es un adolescente. No es perfecto, como tampoco lo son sus padres, pero eso no significa que haya simulado su propio secuestro. Y aun suponiendo que lo hubiese hecho, aunque sé que no es así, pero supongámoslo de todos modos, entonces está sano y salvo y podemos prescindir de usted. Si se trata de un engaño cruel, no tardaremos en descubrirlo. Pero si mi hijo está en peligro, seguir en este plan es una pérdida de tiempo que no me puedo permitir.
Myron asintió. La señora se saldría con la suya.
– Comprendo -dijo.
– Bien.
– ¿Ha telefoneado a su amigo después de hablar con el secuestrador? Me refiero al amigo en cuya casa pensaba que estaría.
– Se llama Matthew Squires. Sí, he telefoneado.
– ¿Y Matthew tenía idea de dónde puede estar?
– No.
– Son amigos íntimos, ¿verdad?
– Sí.
– Estarán muy unidos.
Ella frunció el entrecejo.
– Sí, mucho.
– ¿Matthew llama aquí a menudo?
– Sí. O se comunican por correo electrónico.
– Necesito el número de teléfono de Matthew -dijo Myron.
– Pero si acabo de decirle que ya he hablado con él.
– Sea complaciente -le rogó Myron-. Muy bien, ahora retrocedamos un poco en el tiempo. ¿Cuándo vio a Chad por última vez?
– El día en que desapareció.
– ¿Qué ocurrió?
Linda Coldren volvió a fruncir el entrecejo.
– ¿Qué pretende decir con eso de qué ocurrió? Se fue a la escuela de verano. No he vuelto a verlo desde entonces.
Myron la observaba. Ella se calló y le sostuvo la mirada, se diría que con demasiada tranquilidad. Allí había algo que no encajaba.
– ¿Ha telefoneado a la escuela para saber si fue a clase ese día? -preguntó.
