
Myron colgó sin dejar ningún mensaje. No le apetecía. Hmmm. Matthew era la última persona a la que Chad había llamado. Aquello bien podía ser significativo. O no tener nada que ver con nada. En cualquier caso, Myron estaba yendo muy deprisa hacia ninguna parte.
Sirviéndose otra vez del teléfono de Chad, marcó el número de su oficina. Esperanza contestó tras la segunda señal.
– MB SportsReps.
– Soy yo.
La puso al corriente. Ella escuchó sin interrumpirle.
Esperanza Diaz trabajaba en MB SportsReps desde la fundación de la empresa. Diez años atrás, cuando Esperanza sólo tenía dieciocho, era la reina de la Sunday Morning Cable TV. No, no aparecía en ningún publirreportaje, aunque su programa competía con un montón de ellos, sobre todo con aquel del aparato de ejercicios abdominales que guardaba un parecido impresionante con un instrumento medieval de tortura; en su lugar, Esperanza había sido una luchadora profesional conocida como Pequeña Pocahontas, la sensual princesa india. Cubría su ágil y menuda figura con tan sólo un bikini de ante, Esperanza fue elegida la participante más popular del campeonato de lucha libre americano durante tres años consecutivos. Pese a su éxito, a Esperanza no se le subieron los humos.
– ¿Win tiene madre? -preguntó Esperanza con incredulidad cuando Myron puso fin al relato del secuestro.
– Sí.
– Pues mi teoría del engendro surgido de un huevo diabólico se va al traste -repuso ella tras una pausa.
– No tienes remedio.
– ¿Y quién lo tiene? -respondió Esperanza-. Win me cae bien, eso ya lo sabes, pero el chico es un poco… ¿Cuál es el término psiquiátrico oficial? ¡Ah, sí! Lelo.
– Pues ese lelo una vez te salvó la vida -observó Myron.
– Sí, ya, pero imagino que recordarás cómo -repuso ella.
Myron lo recordaba. Un callejón oscuro. Las certeras balas de Win esparciendo materia gris como confeti tras un desfile. Típico de él. Eficaz pero excesivo. Como aplastar un insecto con un martillo de demolición.
