Las generaciones pasan por un ciclo. La música, las películas, el lenguaje, la moda; todas esas cosas cambian, pero no son más que estímulos externos. Tanto en el interior de unos pantalones con rodilleras como bajo un corte de pelo atrevido, existen los mismos temores, necesidades y sentimientos de inadaptación propios de la adolescencia.

La última llamada era de un muchacho llamado Glen. Quería saber si a Chad le apetecía jugar a golf en «el Pine» aquel fin de semana, ya que el Merion estaría a rebosar por culpa del Open. «Papi -aseguraba a Chad la voz repipi de Glen en la grabación- nos conseguirá hora en el tee, sin problemas.»

Ningún mensaje de Matthew Squires, el gran camarada de Chad.

Conectó el ordenador. Windows 95. Perfecto. Era el mismo que empleaba Myron. Enseguida se dio cuenta de que Chad recibía el correo electrónico a través de America Online. Tanto mejor. Myron pulsó FLASHSESSION. El módem estableció conexión y emitió un breve chirrido. Una voz dijo: «Bienvenido. Tiene correo.» Docenas de mensajes se fueron cargando automáticamente. La misma voz dijo: «Adiós.» Myron repasó el directorio de direcciones de correo electrónico y dio con la de Matthew Squires. Echó una ojeada a los mensajes cargados. Ninguno era de Matthew.

Interesante.

No descartaba en absoluto la posibilidad de que el señor Matthew y Chad estuvieran menos unidos de lo que Linda Coldren creía. También era muy probable que, aunque no fuera así, Matthew no se hubiese puesto en contacto con su amigo desde el miércoles, a pesar de que éste, según cabía suponer, había desaparecido sin previo aviso. Mera casualidad.

En conjunto, resultaba un caso interesante.

Myron descolgó el teléfono de Chad y pulsó el botón de rellamada. Después de la cuarta señal se oyó una voz grabada en el contestador automático: «Has llamado a Matthew. Deja un mensaje si te apetece.»



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