
El anciano lo condujo hasta un aparcamiento reservado. Mercedes, Cadillac, limusinas. Myron reconoció el Jaguar de Win. La Asociación de Golf de Estados Unidos había colocado hacía poco un cartel en el que podía leerse: APARCAMIENTO SÓLO PARA SOCIOS.
– Usted es socio del Merion -afirmó Myron, siempre tan intuitivo.
El anciano transformó su gesto característico de torcer el cuello en una especie de asentimiento.
– Mi familia se remonta a los orígenes del club -explicó, exagerando su acento esnob-. Igual que la de su amigo Win.
Myron se detuvo y miró al anciano.
– ¿Conoce a Win?
El anciano esbozó algo parecido a una sonrisa y se encogió de hombros. Nada de compromisos.
– Aún no me ha dicho cómo se llama -señaló Myron.
– Stone Buckwell. Pero todo el mundo me llama Bucky -respondió el anciano, tendiéndole la mano-. Por lo demás -añadió mientras Myron se la estrechaba-, soy el padre de Linda Coldren.
Bucky abrió la portezuela de un Cadillac azul celeste al que subieron. Metió la llave en el contacto. En la radio pasaban música ambiental; peor aún, la versión ambiental de Raindrops Keep Falling on My Head. Myron se apresuró a bajar la ventanilla en busca de aire fresco, y de algo de ruido que neutralizara aquella música.
Sólo los socios estaban autorizados a aparcar en los jardines del Merion, de modo que salir del recinto no supuso ningún problema. Torcieron a la derecha al final del sendero de entrada y luego otra vez a la derecha. Bucky, por suerte, apagó la radio. Myron volvió a meter la cabeza dentro del coche.
– ¿Qué sabe sobre mi hija y su marido? -preguntó Bucky.
– Poca cosa -respondió Myron.
– Usted no es aficionado al golf, ¿verdad, señor Bolitar?
– La verdad es que no.
