– El golf es un deporte realmente magnífico -le sentenció el anciano. Luego añadió-: Aunque la palabra «deporte» no le hace justicia.

– Ajá -asintió Myron.

– Es el juego de los príncipes. -El rostro rubicundo de Buckwell resplandeció levemente; los ojos, muy abiertos, reflejaban el arrobamiento propio de las almas más devotas. Hablaba en voz baja, no sin cierta reverencia-. No hay nada comparable. Tú solo contra el campo. Sin excusas. Sin compañero de equipo. Sin llamadas inoportunas. Es la más pura de las actividades.

– Ajá -repitió Myron.- Mire, no quisiera parecerle grosero, señor Buckwell, pero ¿de qué va todo esto?

– Llámeme Bucky, por favor.

– De acuerdo… Bucky.

Buck asintió con aprobación y dijo:

– Tengo entendido que usted y Windsor Lockwood son algo más que meros socios.

– ¿A qué se refiere?

– Creo que hace tiempo que se conocen. Compartieron habitación mientras estudiaban en la universidad. ¿Me equivoco?

– ¿Por qué me pregunta sobre Win?

– El caso es que fui al club para intentar dar con él -explicó Bucky-. Pero me parece que será mejor así.

– ¿Así cómo?

– Hablando antes con usted. Tal vez luego… Bueno, ya veremos. Prefiero no crearme demasiadas expectativas.

Myron asintió.

– No tengo ni idea de lo que me está hablando.

Bucky se desvió por un camino adyacente al campo, el camino de la casa club. Los golfistas siempre tan creativos.

El campo quedaba a la derecha. A la izquierda se alzaban imponentes mansiones. Un minuto después, Bucky tomó un camino circular. La casa era bastante grande y estaba construida de un material conocido como roca de río. La roca de río era muy abundante en aquella región, y Win siempre se refería a ella como «la piedra esencial.» La mansión estaba rodeada por una valla blanca, varios setos de tulipanes y dos arces, uno a cada lado del sendero. En el lado derecho se abría un amplio porche. El coche se detuvo y, por un instante, ambos permanecieron inmóviles.



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