Y la guía de viaje decía “prepárese para la desilusión”, y el Valle de los Reyes está donde debe estar, a 668 kilómetros de las Pirámides, y los aeropuertos del Medio Oriente son famosos por su falta de seguridad. Por eso es que aparecen tantas bombas en los aviones, porque no obligan a la gente a pasar por la Aduana. No tendría que ver tantas películas.

—“Entre otros tesoros, la tumba de Tutankhamón contenía un barco de oro que el alma debía usar para viajar al mundo de los muertos” —dice Zoe.

Me asomo por la baranda y miro el agua. No es barrosa como yo pensaba, sino de un color azul claro, sin olas, y en sus profundidades centellea el sol.

—“El barco tenía escrito algunos pasajes del “Libro de los Muertos” —lee Zoe— “para proteger al difunto de los monstruos y semidioses que podían tratar de destruirlo antes de que lograra llegar a la Sala del Juicio”.

Hay algo en el agua. No es una ondulación; el movimiento no alcanza para hacer tremular el reflejo del sol, pero yo sé que allí hay algo.

—“También habían escrito hechizos en los papiros sepultados junto con el cuerpo” —dice Zoe.

Es algo largo y oscuro, como un cocodrilo. Me asomo un poco más, aferrándome a la baranda con fuerza, tratando de ver a través del agua transparente, de distinguir un destello de escamas. La cosa está nadando derecho hacia el barco.

—“Estos hechizos se formulaban como órdenes:” —lee Zoe— “Mis hechizos me protegen. Conozco el camino”.

Lo que está en el agua da media vuelta y se aleja nadando. El barco lo sigue, avanzando lentamente hacia la costa.



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