
—¿Qué les pasaba a los del barco? —vuelve a decir Neil.
—Los juzgaban —digo—, pero no era tan grave como ellos esperaban. Todos tenían miedo de lo que iba a ocurrir, incluso el sacerdote, que no había cometido ningún pecado, pero el juez resultaba ser una persona que ellos conocían. Un obispo. Vestía un traje blanco y era muy amable y casi todos salían absueltos.
—Casi todos —dice Neil.
—Vamos —dice Lissa, tironeándole el brazo.
—Esa gente del barco… —dice Neil, ignorándola—. ¿Alguno había cometido un pecado terrible?
—Me duele el tobillo —dice Lissa—. Vamos.
—Tengo que irme —dice Neil, casi a desgano—. ¿Por qué no nos acompañas?
Me fijo en Lissa, suponiendo que debe estar apuñalando a Neil con la mirada, pero me está mirando a mí, con ojos brillantes, sin pestañas.
—Sí. Ven con nosotros —dice, y se queda esperando mi respuesta.
Le mentí a Lissa sobre cómo termina “Muerte en el Nilo”. La esposa es la víctima del asesinato. Fantaseo con la idea de que he cometido un pecado terrible, que estoy acostada en mi habitación de hotel, en Atenas, con la sien negra de sangre y quemaduras de pólvora. En ese caso, yo sería la única que está aquí y Lissa y Neil serían semidioses disfrazados. O monstruos.
—Mejor no —digo, y me alejo de ellos.
—Entonces vamos —le dice Lissa a Neil. Comienzan a caminar por la arena. Lissa renguea mucho y antes de que hayan llegado muy lejos Neil se detiene y se saca los zapatos.
El cielo que está detrás de las Pirámides es de color celeste violáceo y las Pirámides se elevan, planas y negras, contra él.
—Vamos —grita Zoe desde la cima de la escalinata. Tiene la linterna en la mano y mira la guía—. Quiero ver el pesaje del alma.
