
—Ya son las cuatro —digo, mirando mi reloj—. Cerrará antes de que lleguen. —Levanto la vista.
Neil y Lissa ya han partido, no hacia el vapor, sino por la arena, en dirección a las Pirámides. La luz que está detrás de las Pirámides está comenzando a languidecer; el cielo está cambiando de color, de blanco a celeste grisáceo.
—Esperen —digo, y corro por la arena para alcanzarlos—. ¿Por qué no nos esperan y volvemos todos juntos? No tardaremos mucho en ver la tumba. Ya oyeron a Zoe: adentro no hay nada.
Los dos me miran.
—Creo que no tendríamos que separarnos —termino débilmente.
Lissa levanta la vista, en estado de alerta, y caigo en la cuenta de que ella piensa que estoy hablando de divorcio, que finalmente digo lo que lo que ella estaba esperando.
—Creo que no tendríamos que separarnos —repito con premura—. Esto es Egipto. Hay peligros de toda especie, cocodrilos, serpientes y… no tardaremos mucho en ver la tumba. Ya oyeron a Zoe: adentro no hay nada.
—Mejor no —dice Neil, mirándome—. El tobillo de Lissa empieza a hincharse. Mejor le ponemos hielo.
Le miro el tobillo. Donde estaba la lastimadura, ahora hay dos pequeños orificios, muy cerca uno del otro, como la mordedura de una serpiente, y alrededor de éstos el tobillo está comenzando a hincharse.
—No creo que a Lissa le interese la Sala del Juicio —me dice él, mirándome.
—Podrían esperarnos en la cima de la escalera —le digo—. No tendrían que entrar.
Lissa lo toma del brazo como si estuviera ansiosa de irse, pero él vacila.
—Esos que estaban en el barco de la película… —dice Neil—. ¿Al final qué les pasaba?
—Sólo quise asustarlos —digo—. Estoy segura de que hay una explicación lógica. Qué lástima que Hércules Poirot no esté aquí… Él sería capaz de explicarnos todo. Es probable que la Pirámides estén cerradas por algún feriado musulmán que Zoe no conoce y que por el mismo motivo tampoco hayamos tenido que pasar por la Aduana. Porque es feriado.
