—“Antes de viajar a Egipto, el visitante debe tomar precauciones. Es esencial llevar un mapa y se necesita linterna en muchos lugares del recorrido”.

Lissa saca su cartera de abajo del asiento. Guarda allí mi ejemplar de “Muerte en el Nilo” y saca los anteojos de sol. Mi mirada sigue de largo y se posa en la ventanilla, en la blancura uniforme que está donde debería estar el ala. Tendríamos que ver las luces del ala, incluso a pesar de la niebla. Para eso las ponen, para poder ver a los aviones cuando hay niebla. Al principio, la gente del barco no se daba cuenta de que estaba muerta. Comenzaban a dudar recién cuando empezaban a descubrir ciertas cositas que no eran normales.

—“Se recomienda llevar una guía de viaje” —lee Zoe.

Mi intención era asustar a Lissa, pero lo único que logré fue asustarme yo. Estamos iniciando el descenso, nada más, me digo, y estamos atravesando una nube. Y debe ser cierto.

Porque aquí estamos, en El Cairo.

Capítulo 2

Llegada al Aeropuerto

—¿Así que esto es El Cairo? —dice el marido de Zoe, mirando a todos lados. El avión está parado al final de la pista y hemos bajado al asfalto por una escalera metálica.

La terminal está lejos, a la izquierda: es un edificio bajo rodeado de palmeras. Los turistas japoneses parten hacia allí inmediatamente, con sus bolsos de mano y sus cámaras al hombro.

Nosotros no llevamos bolsos de mano. Dado que siempre tenemos que esperar la descarga de equipaje para recuperar las guías de viaje de Zoe, despachamos también los bolsos de mano. Cada vez que lo hacemos, me convenzo de que irán a parar a Tokio o que directamente desaparecerán, pero ahora me alegro de que no tengamos que cargarlos hasta la terminal. Parece estar a kilómetros de distancia y los japoneses ya están disminuyendo el ritmo de marcha.



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