
Lissa, mirando por la ventanilla, dice:
—Hay tanta niebla que no veo el ala. —Mira a Neil, espantada—. ¿Y si le pasó algo al ala?
—Estamos atravesando una nube, nada más —dice Neil—. Probablemente estamos iniciando el descenso hacia El Cairo.
—El cielo estaba perfectamente despejado —digo— y de repente apareció la niebla. La gente del barco también advertía la niebla. Advertía que no funcionaban las luces. Y no podía encontrar a la tripulación. —Le sonrío a Lissa—. ¿Te diste cuenta de que la turbulencia desapareció de golpe? Exactamente después de que caímos en ese pozo de aire. ¿Y por qué…?
De la cabina del piloto sale una azafata, que se acerca a nosotros por el pasillo, trayendo una bebida. Todos parecen aliviados y Zoe abre la guía y comienza a recorrer sus páginas con el pulgar, buscando datos fascinantes.
—¿Alguien quería un ouzo? —nos pregunta la azafata.
—Aquí —dice el marido de Lissa, estirando el brazo para tomarlo.
—¿Cuánto falta para llegar a El Cairo? —digo. La azafata comienza a caminar hacia el fondo del avión, sin contestarme. Me desabrocho el cinturón y la sigo—. ¿Cuándo llegamos a El Cairo? —le pregunto.
Se da vuelta, sonriendo, pero todavía está pálida y parece asustada.
—¿Desea beber algo más, señora? ¿Ouzo? ¿Café?
—¿Por qué se acabó la turbulencia? —digo—. ¿Cuánto falta para llegar a El Cairo?
—Tiene que volver a su asiento —me dice, señalando el indicador de cinturones abrochados—. Estamos iniciando el descenso. Llegaremos a destino dentro de veinte minutos. —Se inclina hacia el grupo de japoneses y les dice que coloquen los respaldos en posición vertical.
—¿Qué destino? ¿El descenso en dónde? No estamos iniciando ningún descenso. El indicador sigue apagado —le digo, y entonces se enciende.
Regreso a mi lugar. El marido de Zoe ya está durmiendo de nuevo. Zoe está leyendo “Egipto Fácil” en voz alta.
