– Quiero decir que lo escriba como si fuese ficción -contestó el padre Martin-, como si usted estuviera fuera de sí misma, observando lo que ocurrió, recordando lo que hizo y lo que sintió. Como si le hubiese sucedido a otra persona.

Le entendí, pero no sabía por dónde empezar.

– ¿Todo lo que sucedió, o únicamente mi paseo por la playa y el momento en que desenterré el cuerpo de Ronald?

– Cualquier cosa, todo lo que se le ocurra -respondió-. Si lo desea, escriba sobre el seminario y sobre su vida aquí. Creo que le resultará útil.

– ¿A usted le resultó útil, padre?

No sé por qué pronuncié esas palabras; sencillamente me pasaron por la cabeza y las dejé salir. Era una tontería, tal vez una impertinencia, y sin embargo a él no pareció molestarle.

– No, a mí no me ayudó -dijo después de unos segundos-, pero aquello ocurrió hace mucho tiempo. Creo que su caso podría ser diferente.

Supongo que pensaba en la guerra y en su época como prisionero de los japoneses, en sus pavorosas experiencias en el campo de concentración. Él nunca me habla de la guerra, aunque ¿por qué iba a hacerlo? De todos modos, creo que no toca el tema con nadie, ni siquiera con los demás sacerdotes.

Mantuvimos esta conversación hace dos días, mientras caminábamos por el claustro después de las vísperas. Desde que Charlie murió, he dejado de asistir a misa, pero sigo yendo al oficio vespertino. De hecho, lo hago por cortesía. No me parece apropiado trabajar en el seminario, recibir dinero y toda clase de gentilezas y no hacer acto de presencia en ninguna de las ceremonias de la iglesia. Aunque quizás esté siendo demasiado escrupulosa. El señor Gregory, que da algunas clases de griego y vive en una de las casas anexas, como yo, no pisa la iglesia a menos que toquen música que desee escuchar. Nadie me ha presionado para que acuda; ni siquiera me han preguntado por qué dejé de ir a misa. Pero lo han notado, naturalmente; ellos se fijan en todo.



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