Cuando volví a casa medité sobre la sugerencia del padre Martin y me pregunté si era una buena idea. Nunca he tenido dificultades para escribir. En la escuela se me daban bien las redacciones y la señorita Allison, la profesora de lengua y literatura, pensaba que tenía madera de escritora. No obstante, yo sabía que estaba equivocada. Me falta imaginación, al menos de la clase que un novelista necesita. Soy incapaz de inventar cosas. Sólo puedo escribir sobre lo que veo, lo que hago y lo que sé, y a veces sobre lo que siento, aunque esto último no me resulta fácil. En cualquier caso, siempre quise ser enfermera, incluso en mi infancia. Ahora, jubilada y con sesenta y cuatro años, sigo ejerciendo aquí, en Saint Anselm. Trato dolencias menores y me ocupo de la ropa blanca. Es un trabajo sencillo, pero tengo el corazón débil y me considero afortunada por continuar trabajando. En el seminario me facilitan las cosas al máximo. Incluso me han proporcionado un carrito para que no cargue con los pesados líos de sábanas. Debería haber contado todo esto antes. Ni siquiera he escrito mi nombre: me llamo Munroe, Margaret Munroe.

Entiendo por qué el padre Martin me aconsejó que empezara a escribir otra vez. Sabe que solía escribirle una larga carta a Charlie todas las semanas. Creo que es la única persona que lo sabe, con la excepción de Ruby Pilbeam. Cada semana me sentaba y pasaba revista a lo ocurrido desde la última carta, cosas pequeñas e intrascendentes que no le parecerían intrascendentes a Charlie: lo que comía, algún chiste que oía por ahí, anécdotas sobre los estudiantes y descripciones del tiempo. Nadie diría que hay mucho que contar en un sitio tranquilo como éste, situado en lo alto de un acantilado y alejado de todo, pero resulta sorprendente la cantidad de temas que encontraba. Y me consta que a Charlie le encantaban mis cartas. «Sigue escribiendo, mamá», me decía cuando regresaba a casa de permiso. Y yo lo hacía.



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