La noche lluviosa había cedido el paso a un día fresco y radiante; el cielo estaba azul, salpicado de escurridizas nubes, y la marea estaba alta. Rodeé un pequeño promontorio y vi la playa desierta que se extendía ante mí, con sus finos resaltos de guijarros y los oscuros contornos de las antiguas escolleras, llenas de algas incrustadas, que se desmoronaban en el mar. Entonces avisté un bulto negro a los pies del acantilado, a unos treinta metros de donde me encontraba. Caminé hacia allí y descubrí una sotana y una capa marrón, ambas cuidadosamente dobladas. A escasos metros de distancia el acantilado se había derrumbado y ahora yacía en grandes montículos de arena compacta, matas de hierba y piedras. Intuí de inmediato lo que había sucedido. Creo que dejé escapar un pequeño grito y luego empecé a excavar con las manos. Sabía que ahí debajo debía de haber un cuerpo, pero era imposible determinar el lugar preciso. Recuerdo la aspereza de la arena en mis uñas y la lentitud con que me parecía avanzar, de manera que empecé a asestar frenéticos puntapiés, como si estuviese enfadada, levantando altas nubes de arena que me azotaron el rostro y me nublaron los ojos. Entonces, a unos treinta metros en dirección al mar, divisé una afilada tabla de madera. La recogí y empecé a sondear el terreno, hundiéndola en la arena. Al cabo de unos minutos, cuando la madera tocó algo blando, me arrodillé y volví a cavar con las manos. Así descubrí que lo que había tocado eran unas nalgas cubiertas por una costra de arena y un pantalón de pana beige.

No me fue posible continuar. Mi corazón latía con furia, y se me habían agotado las fuerzas. Me asaltó la vaga sensación de que acababa de humillar a quienquiera que estuviese allí, de que los dos montículos que había dejado a la vista componían una imagen ridícula, casi indecente. Era consciente de que el hombre estaba muerto y mis frenéticas prisas no habían servido de nada. No habría podido salvarlo; y ahora, aunque hubiese tenido la fuerza necesaria, habría sido incapaz de seguir cavando sola, desenterrando el cadáver centímetro a centímetro. Tenía que pedir ayuda y avisar de lo sucedido. Creo que ya sabía de quién era el cuerpo, pero de repente me acordé de que las capas marrones de los seminaristas llevan una etiqueta con el nombre del propietario. Doblé el cuello hacia atrás y leí el nombre.



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