A mí no me sacó mucha información. Aun así, algunas noches iba a mi casa, se sentaba y charlaba mientras yo tejía y lo escuchaba. Los estudiantes saben que no es aconsejable que visiten al personal del seminario, a menos que los inviten. El padre Sebastian quiere que preservemos nuestra intimidad. No obstante, a mí no me importaba que Ronald viniera a verme. Ahora que lo pienso, creo que se sentía solo. Bueno, de lo contrario no se habría molestado en visitarme. Sea como fuere, me recordaba a mi Charlie. Charlie no era aburrido ni impopular, pero me gusta imaginar que, si alguna vez se hubiera sentido solo y con ganas de hablar tranquilamente, habría habido alguien como yo dispuesto a escucharlo.

La policía me preguntó por qué había ido a la playa a buscarlo. Pero lo cierto es que no lo hice. Unas dos veces por semana doy un paseo a solas después de comer, y cuando salí ni siquiera sabía que Ronald había desaparecido. Además, nunca se me habría ocurrido buscarlo en la playa. Me cuesta imaginar que a alguien pueda ocurrirle algo malo en una playa desierta. Resulta bastante segura si uno no trepa al espigón ni camina demasiado cerca del borde del acantilado, y hay letreros que advierten de ambos peligros. En cuanto llegan los estudiantes, se les informa de los riesgos que suponen nadar solo o caminar demasiado cerca de los inestables acantilados.

En tiempos de la señorita Arbuthnot era posible llegar a la playa desde la casa, pero la invasión del mar ha cambiado las cosas: ahora tenemos que recorrer a pie unos setecientos metros en dirección sur, hasta el único punto donde los acantilados son bajos y lo bastante firmes para sostener una barandilla y media docena de desvencijados escalones de madera. Más allá está la oscuridad de Ballard’s Mere, la laguna rodeada de árboles y separada del mar únicamente por un estrecho banco de guijarros. A veces me limito a caminar hasta allí antes de dar media vuelta, pero ese día bajé a la playa y eché a andar hacia el norte.



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