Los hermanos Marco dormían en cada punta de la ciudad. Anthony, que cumplía condena en Riker’s Island, sólo bordeaba los límites del sueño. La cárcel no es el lugar más adecuado para dormir a pierna suelta. Durante la noche se oye una desagradable antisinfonía de tosidos, ronquidos, gente que habla en sueños, guardias que patrullan… Sólo puede dormirse a medias para que nada ni nadie te pille desprevenido. No es que Anthony creyese que alguien fuese tras él, pero uno nunca sabía a quién podía haber ofendido o insultado sin darse cuenta. Fuera de prisión, el nombre de Anthony Marco significaba algo. Dentro, no era más que otro viejo blanco y tonto. A la mañana siguiente regresaría al juzgado. Si todo iba bien, el curso del juicio cambiaría de rumbo y las cosas se pondrían a su favor.

El hermano de Anthony, Dario, estaba despierto. Insomnio. Su mujer roncaba. Le dolía el estómago. Se levantó y fue al lavabo, allí se sentó y empezó a leer Entertainment Weekly. Estaba nervioso. Esa noche, justo en esos momentos, se estaría llevando a cabo. Cinco horas antes había llamado para cambiar el plan. Su hija le había convencido de que era lo mejor, y dado que llevaba días pensando en algo similar, llamó por teléfono. Las cosas podían ir mal. Cuando uno se relaciona con gente de pocas luces, hay que tener en cuenta esa posibilidad, incluso aunque esa gente sea leal. Marco tenía una teoría. Estaba convencido de que sólo los tontos eran leales. La gente inteligente piensa en exceso, buscan sus propios intereses. Marco lo sabía. Él era de los inteligentes. Al demonio con todo ello. Volvió a la cama y le dio un codazo a su esposa, confiando en que se diese la vuelta y dejase de roncar. Ella gruñó y se dio la vuelta, pero empezó a roncar más fuerte. Entonces Marco se colocó una almohada sobre la cabeza y se dijo que si no conseguía dormirse en cuatro o cinco minutos se levantaría.



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