Sheldon Hawkes estaba tumbado en un catre en su laboratorio, leyendo un libro sobre descubrimientos arqueológicos en Israel. Había una fotografía de un cráneo. El texto, firmado por alguien cuyo nombre no reconoció, decía que el cráneo tenía unos tres mil años de antigüedad y había resultado dañado por algún desastre natural. Hawkes negó con la cabeza. El agujero de la calavera era el resultado de un golpe propinado con una piedra roma. Era el único daño sufrido por aquel espécimen. No presentaba arañazos ni magulladuras. El cráneo se hallaba en un estado de casi completa preservación. Si el agujero lo hubiese causado un desastre natural, mostraría otros signos traumáticos. Hawkes necesitaba el cráneo original o un buen número de fotografías. No tenía ninguna duda de que aquel hombre muerto había sido asesinado, golpeado con una piedra, hacía miles de años. Y dado que se dio por sentado, debido a la parafernalia encontrada cerca del cuerpo, que aquel hombre había pertenecido a la realeza, Hawkes sintió curiosidad por saber quién pudo ser su asesino y cuáles fueron los motivos. Cuando acabó el libro, quiso enviarle un correo electrónico al arqueólogo. Hawkes siguió leyendo. Ya había dormido las cuatro horas de sueño que necesitaba. Se encontraba cerca del depósito de cadáveres. El viento soplaba con fuerza en las calles. Estaba leyendo un buen libro. Se sentía contento.

Es posible que Don Flack soñase, pero no recordaba sus sueños, lo cual no era del todo malo, porque había visto tantas cosas desagradables que probablemente tendría pesadillas. La alarma del reloj sonaría a las siete y él se despertaría al instante. Había sido así desde que era un niño. Y esperaba que fuese así durante el resto de su vida.



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