Rhoda se preguntó si él estaba dando a entender que podía haber otros peligros, problemas psicológicos derivados de un cambio completo de aspecto. Ella no esperaba ninguno. Había afrontado las consecuencias de la cicatriz durante treinta y cuatro años. Afrontaría también su desaparición.

El médico quiso saber si tenía más preguntas. Ella contestó que no. El se puso en pie y se dieron la mano, y por primera vez el hombre sonrió. Esto transformó su cara.

– Mi secretaria le mandará las fechas en que podremos hacerle las pruebas en Saint Ángela. ¿Supone esto algún problema? ¿Estará usted en Londres las dos próximas semanas?

– Estaré en Londres.

Siguió a la señora Snelling a una oficina situada en la parte trasera de la planta baja, donde una mujer de mediana edad le dio un folleto sobre las instalaciones de la Mansión en el que también se incluía el coste tanto de la visita preparatoria que, explicó, el señor Chandler-Powell consideraba útil para los pacientes pero que, naturalmente, no era obligatoria, como el coste de la operación y de la estancia de una semana en el postoperatorio. Rhoda había previsto que el precio fuera elevado, pero la realidad superó sus expectativas. Sin iluda las cifras reflejaban ventajas más sociales que médicas. Le pareció recordar haber oído por casualidad a una mujer decir «desde luego, yo voy siempre a la Mansión», como si esto supusiera su admisión en un círculo de pacientes privilegiados. Sabía que podía operarse en el Servicio Nacional de Salud, pero había una lista de espera para casos no urgentes, y además ella necesitaba intimidad. En todas las esferas, la rapidez y la intimidad habían llegado a ser un lujo caro.

Trascurrida media hora desde su llegada, la acompañaron a la puerta. Aún le quedaba una hora hasta su cita en el Ivy. Iría andando.



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