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El Ivy era un restaurante demasiado popular para garantizar el anonimato, pero la discreción social, que entre todos los demás ámbitos era importante para ella, nunca le había preocupado en lo concerniente a Robin. En una edad en que la notoriedad requería indiscreciones cada vez más escandalosas, ni la página de chismorreos más desesperada desperdiciaría un párrafo sobre la revelación de que Rhoda Gradwy, la distinguida periodista, había estado almorzando con un hombre veinte años más joven. Estaba acostumbrada a él; la divertía. Le daba acceso a esferas de la vida que ella necesitaba experimentar aunque fuera de forma indirecta. Y lo compadecía, aunque esto no era precisamente la base de la intimidad, que por parte de Rhoda no existía. Él le confiaba sus cosas; ella escuchaba. Rhoda suponía que ella debía de obtener cierta satisfacción de la relación, si no ¿por qué seguía dispuesta a permitirle que se apropiara siquiera de un área limitada de su vida? Cuando pensaba en esa amistad, algo que sucedía rara vez, le parecía un hábito que no imponía obligaciones más arduas que un almuerzo o una cena ocasional a su cargo. También creía que interrumpir ese hábito resultaría más complicado y largo que mantenerlo.
El la estaba esperando, como de costumbre, en su mesa favorita junto a la puerta, que había reservado ella, y cuando entró, Rhoda pudo observarlo durante medio minuto antes de que él alzara los ojos del menú y la viera. Como de costumbre, ella se sintió sobrecogida por la belleza de Robin, que parecía no ser consciente de la misma, aunque era difícil creer que alguien tan solipsista no se diera cuenta del premio que le habían concedido los genes y el destino o no sacara provecho de ello. Hasta cierto punto sí lo hacía, si bien no parecía importarle demasiado. A ella siempre le costaba creer lo que le había enseñado la experiencia: que los hombres y las mujeres podían ser físicamente hermosos sin poseer a la vez algunas cualidades mentales y espirituales comparables, que la belleza podía desperdiciarse en las personas superficiales, ignorantes o estúpidas.
