
Tenía que estar en Harley Street a las once y cuarto. Por lo general, cuando tenía una cita en Londres prefería caminar al menos parte del trayecto, pero hoy había pedido un taxi para las diez y media. El viaje desde la City no debía requerir tres cuartos de hora, aunque el tráfico de Londres era impredecible. Estaba entrando en un mundo que le era extraño y no quería hacer peligrar la relación con su cirujano llegando tarde a la primera reunión.
Ocho años atrás había alquilado una vivienda en la City, parte de una estrecha hilera de casas adosadas situadas en un pequeño patio al final de Absolution, cerca de Cheapside, y en cuanto se mudó supo que ése era el barrio de Londres en el que siempre había querido vivir. El contrato de alquiler era largo y renovable; le habría gustado comprar la casa, pero sabía que nunca se pondría a la venta. De todos modos, el hecho de no poder llegar a considerarla del todo suya no le afligía. La mayor parte de la construcción databa del siglo XVII. Muchas generaciones habían vivido allí, habían nacido y muerto allí, dejando atrás sólo sus nombres en arcaicos y amarillentos contratos, y ella se sentía contenta de estar en su compañía. Aunque las habitaciones de abajo, con sus ventanas divididas con parteluces, eran oscuras, las del estudio y el salón de la primera planta estaban abiertas al cielo y disfrutaban de la vista de las torres y los campanarios de la City y más allá. Una escalera de hierro iba desde una angosta galería de la tercera planta hasta una azotea apartada en la que había una hilera de tiestos de terracota, y las mañanas soleadas de los domingos, se sentaba con un libro o los periódicos mientras la calma dominical se prolongaba hasta el mediodía y la tranquilidad sólo se veía interrumpida por los habituales repiques de campanas de la City.
