Yo ya había oído hablar de George Chandler-Powell. Lo cual no debe sorprender, toda vez que se le considera uno de los seis mejores cirujanos plásticos de Inglaterra, probablemente de Europa. Fui a verle, verifiqué su historial, me asesoré con un experto y lo elegí. Pero tú no me has contado cuál es tu relación con la Mansión Cheverell. Debería saberlo por si menciono informalmente que te conozco y me encuentro con miradas frías y me relegan a la peor habitación.

– Eso podría pasar. No soy exactamente su visita preferida. De hecho no me quedo en la casa, esto sería ir un poco lejos por ambas partes. Tienen un chalet para las visitas, el Chalet Rosa, y hago la reserva ahí. También tengo que pagar, demasiado a mi entender. Ni siquiera te llevan la comida. Por lo general en verano no consigo habitación, pero difícilmente pueden decir que la casa no está libre en diciembre.

– Dijiste que tenías cierto parentesco.

– No con Chandler-Powell, sino con su ayudante, Marcus Westhall, que es primo mío. Le ayuda en las intervenciones y cuida de los pacientes cuando el gran George está en Londres. Marcus vive ahí con su hermana, Candace, en el otro chalet. Ella no tiene nada que ver con los pacientes; ayuda en la oficina. Soy su único pariente vivo. Uno pensaría que esto significaría algo para ellos.

– ¿Y no es así?

– Si no te aburre, mejor te cuento un poco de historia familiar. Se remonta a bastante tiempo atrás. Intentaré ser breve. Tiene que ver con dinero, naturalmente.

– Es lo habitual.

– Es una historia muy triste sobre un pobre niño huérfano que es arrojado al mundo sin un céntimo. Lamento desgarrarte el corazón con esto. No me gustaría que cayeran lágrimas saladas en tu delicioso cangrejo.

– Correré el riesgo. También me servirá para saber algo del lugar antes de ir.

– Me preguntaba qué había tras esta invitación a almorzar. Bueno, si quieres ir preparada, has encontrado a la persona idónea. Bien vale el precio de una buena comida.



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