
En el testamento le dejaba veinte mil libras, no suficiente para financiar uno de sus delirios más excéntricos pero sí para asegurar que el alivio de haber recibido algo superaría la decepción ante la cantidad. Esto le permitía a ella mirarle la cara con deleite. Rhoda sentía un leve pesar, demasiado próximo a la vergüenza y por tanto incómodo, por haber provocado maliciosamente y estar disfrutando de aquel primer sonrojo de sorpresa y placer, del destello de avaricia en los ojos de Robin y luego del rápido descenso a la realidad. ¿Por qué se había tomado la molestia simplemente de confirmar una vez más lo que sabía sobre él?
– ¿Te has decidido definitivamente por la Mansión Cheverell, no por una de las camas privadas de Chandler-Powell en Saint Ángela? -preguntó él.
– Prefiero estar fuera de Londres, donde haya más posibilidades de tranquilidad e intimidad. El día 27 voy a pasar allí una noche preliminar. El me lo ha propuesto. Le gusta que sus pacientes estén familiarizados con el lugar antes de la operación.
– También le gusta el dinero.
– Y a ti, Robin, no critiques.
Con los ojos fijos en el plato, él dijo:
– Estoy pensando en visitar la Mansión cuando estés ingresada. Quizás aceptes de buen grado un poco de cotilleo. Las convalecencias son aburridísimas.
– No, Robin, no quiero cotilleos. He hecho la reserva en la Mansión expresamente para asegurarme de que me dejen tranquila. Supongo que el personal se encargará de que nadie me moleste. ¿No es ésta la finalidad esencial del lugar?
– Es un poco mezquino por tu parte, teniendo en cuenta que yo te recomendé la Mansión. ¿Irías allí si no hubiera sido por mí?
– Como no eres médico ni te han hecho nunca una operación de cirugía estética, no estoy segura del valor de tu recomendación. Has mencionado la Mansión de vez en cuando, nada más.
