A la mitad del canal, en la orilla derecha, Brunetti vio un pequeño grupo de personas. Bonsuan paró la lancha a unos cincuenta metros de la gente, en lo que Brunetti sabía ya que sería un vano intento para preservar cualquier indicio que pudiera haber en el lugar de los efectos de su llegada.

Uno de los agentes se acercó a la embarcación y tendió la mano a Brunetti para ayudarle a desembarcar.

– Buon giorno, signor commissario. Lo hemos sacado del agua, pero, como puede ver, ya tenemos compañía. -Señaló con un ademán a nueve o diez personas congregadas alrededor de algo que estaba en la acera y que sus cuerpos ocultaban a Brunetti.

El agente fue hacia el grupo exclamando mientras caminaba:

– Hagan el favor, retírense. Policía. -La gente retrocedió cuando se acercaron los dos hombres y no al oír la orden.

En la acera, Brunetti vio el cuerpo de un hombre joven, tendido de espaldas, con los ojos abiertos a la luz de la mañana. Estaban a su lado dos policías, con los uniformes empapados hasta los hombros. Los dos hicieron a Brunetti el saludo militar. Cuando bajaron la mano, cayeron al suelo algunas gotas de agua. Les conocía: Luciani y Rossi, buenos elementos los dos.

– ¿Y bien? -preguntó Brunetti mirando al muerto.

Contestó Luciani, el más veterano:

– Estaba flotando en el canal cuando llegamos, dottore. Nos avisó un hombre que vive en esa casa -añadió, señalando un edificio ocre del otro lado del canal-. Lo vio su mujer.

Brunetti se volvió y miró a la casa. «Cuarto piso», puntualizó Luciani. Brunetti levantó la mirada y alcanzó a ver una figura que se retiraba de la ventana. Paseó la mirada por aquella casa y las de cada lado y distinguió sombras oscuras en las ventanas. Algunas se apartaron cuando él miró, otras, no.



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