
– Buon giorno, signor commissario -dijo Puccetti cuadrándose con más viveza y marcialidad de las que, en opinión de Brunetti, eran propias de la hora.
El comisario correspondió al saludo de su subalterno agitando la mano y echó a andar por la estrecha calle. La lancha de la policía, con la luz azul parpadeando rítmicamente, estaba amarrada al embarcadero. Al volante vio a Bonsuan, un piloto que llevaba en las venas la sangre de una infinidad de generaciones de pescadores de Burano, sangre mezclada sin duda con el agua de la laguna, lo que le infundía un conocimiento instintivo de las mareas y corrientes que le hubiera permitido navegar por los canales de la ciudad con los ojos cerrados.
Bonsuan, fornido y barbudo, hizo a la llegada de Brunetti un movimiento de la cabeza, en el que se combinaban saludo y alusión a la hora. Puccetti saltó a cubierta, donde se reunió con otros dos agentes de uniforme. Uno de ellos soltó el cable del amarre y Bonsuan hizo retroceder rápidamente la embarcación hasta el Gran Canal, donde, describiendo un cerrado viraje, puso proa al puente de Rialto. Después de cruzar por debajo del puente, torció a la derecha por un canal de una sola dirección. Poco después, cortaron hacia la izquierda y luego otra vez hacia la derecha. Brunetti estaba de pie en cubierta, con el cuello subido para protegerse del viento fresco de la madrugada. Las embarcaciones amarradas a uno y otro lado de los canales cabeceaban a su paso y otras, que venían de Sant' Erasmo cargadas de frutas y verduras, se arrimaban a los edificios al ver parpadear la luz azul.
Al fin, entraron en el Rio dei Mendicanti, el canal que discurría por el lado del hospital y desembocaba en la laguna, justo enfrente del cementerio. Probablemente, la proximidad del cementerio al hospital era fortuita; pero, para la mayoría de los venecianos, especialmente los que habían sobrevivido a un tratamiento en el hospital, el emplazamiento del cementerio era un elocuente comentario acerca de la competencia del personal sanitario.
