Pero ahora era consciente de que su belleza no era más que una máscara debajo de la cual estaba eso: una mujer abotargada, cuya sola contemplación apagaba en él todas las sensaciones. Su aspecto lo deprimió todavía más. Fabio se daba cuenta de que su presencia no era ningún consuelo para ella. Estaba nervioso y sentía molestias en la tripa. Se rascó el cuero cabelludo y se ofreció a preparar café, pero la mujer negó violentamente con la cabeza, como si acabara de proponerle cometer un acto abominable.

– Tranquilízate, ¿quieres? -Se sentó al lado de Sara en un sofá blanco de obra cubierto con un enorme cojín a juego con pequeñas manchas de comida y bebida distribuidas como pecas en los hombros de una adolescente. Como los hombros de Nikita, pensó el hombre con un escalofrío.

Estaba claro: cuesta mucho mantener un blanco inmaculado. Tanto en los sofás, como en las almas. Afortunadamente, Fabio nunca se había tragado la falacia de la pureza. «Todo acaba ensuciándose», se dijo.

El sofá no era tan cómodo como a él le hubiera gustado. La casa, blanca, al igual que el resto del pueblo, era alquilada. Sencilla y humilde, con un toque hippy muy del gusto de Sara. O lo había sido hasta que la muerte de Nikita le nubló la vista para cualquier cosa que no fuese su duelo. Hasta pocos días antes, a la mujer le gustaba mirar el cerro Negro, al final de la bahía, antes de volver a casa, a esa casa, con los ojos llenos de mar. Ahora, sin embargo, la muerte de la niña lo había trastornado todo, y en los antaño hermosos ojos de Sara sólo crecía una oscuridad que semejaba una lengua de lava seca, a juego con el paisaje que los rodeaba.

Fabio no se engañaba a sí mismo: sabía que su relación con Sara estaba muerta. Tan muerta como Nikita.

Le dio pereza la idea de tener que empezar de nuevo con otra mujer. Las mujeres eran agotadoras. A pesar de todo, tenía que reconocer que los comienzos de un romance siempre eran buenos. La magia del descubrimiento de los cuerpos. La amabilidad y las sonrisas. La disponibilidad sexual. El entusiasmo. La inspiración. Todo ello, antes de que la unión se consolidara y luego degenerase inexorablemente hasta convertirse en tortura mental y en asco.



2 из 281