– De acuerdo -dijo con cierto tono de hastío. Cuatro días de llanto continuado eran más de lo que cualquier hombre podía soportar, por mucho que amara a la plañidera. Observó a hurtadillas los labios secos de Sara, cuarteados por el llanto, y sintió un sorprendente estremecimiento de repulsión. Y pensar que había dedicado tantos versos a esa boca que ahora se le antojaba tan fea y desabrida…-. De acuerdo, el café no es buena idea. ¿Qué me dices de una tila?

– No quiero nada que venga de ti. -Sara escupió las palabras lentamente, la rabia goteaba entre sus dientes como saliva sucia.

La niña, la otra niña, Rocío, que pronto cumpliría ocho años, contemplaba la escena desde lo alto de la escalera que llevaba a la planta superior de la casa. Fabio la había visto por el rabillo del ojo. Era una ratoncita curiosa y metomentodo, siempre espiando. A veces, el hombre pensaba que no había sitio donde esconderse de aquellos ojos inquisitivos y acusadores, que bien podrían haber sido los del fiscal del Juicio Final. La mocosa lo ponía nervioso, y él no era un hombre calmado por naturaleza, precisamente. La cría era como un jilguero. «Ufana, alegre, altiva…, rompiendo el aire el pardo jilguerillo.» Pero su alegría se había esfumado cuatro días antes, aunque seguía siendo ufana y altiva como una aristócrata nórdica. La muy… Ahora que el vínculo emocional con su madre estaba definitivamente roto -Fabio se preguntaba cuánto más iba a tardar en salir el tema-, se alegraba de perderla de vista para siempre. ¡Plas!, él se largaría, y desaparecería, confiaba en que para siempre, de las vidas de Sara y de Rocío. Y sería como si a ese jilguerillo arrogante lo hubiese atravesado una saeta cazadora en un poema de Antonio Mira de Amescua.



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