«Que os jodan a las dos -pensó Fabio-, ya estoy más que harto de vosotras.»

MADRID. 6 DE JUNIO DE 1987

– ¿Adónde vas? ¿Por qué te has pintado tanto? -La niña observó a su hermana mayor con una risita tonta. Mascaba un chicle que le llenaba la boca por completo, por lo que le costó trabajo pronunciar las palabras de manera correcta. Habitualmente se esforzaba por hacerse entender, en cualquier circunstancia y con cualquier interlocutor, ya que tenía la vaga sospecha de que en el mundo era indispensable hacerse comprender todo lo posible. Aun así, albergaba la sensación de que nadie se enteraba nunca de nada.

Nikita observó a su hermana pequeña y Rocío la obsequió con una seductora caída de pestañas. Aquella pequeñaja, pensó la joven, estaba siempre entre sus piernas, enredando.

– Piérdete, enana. Y no deberías comer chicle tan temprano, por cierto. Tus dientes se convertirán en pozos de carbón si sigues así. Déjame, anda. Tengo una cita y llego tarde. -Señaló la puerta de la habitación que ambas compartían, pero la pequeña no hizo caso, sino que miró impasible a su hermana, como diciendo «puedes esperar sentada».

– ¡Pero si es por la mañana! -protestó finalmente-. No puedes haber quedado tan temprano. Como te vea mamá, no te dejará salir. Pareces un marramacho -añadió con tranquila profesionalidad diagnóstica, y sus infantiles manos dibujaron en el aire lo que ella creyó que sería un monstruo imaginario de aspecto destartalado y taciturno. Nikita, sin embargo, hizo caso omiso, y Rocío sintió una vez mas la soledad del artista.

– Se dice mamarracho. ¡Y no me distraigas con tus tonterías, por favor! ¿Ves?, por tu culpa se me ha corrido el rimel… Es que… Eres, eres demasiao, jobar, enana.


Nikita Conrado dejó a su hermana en el dormitorio cuando logró completar su maquillaje y salió al pasillo sigilosamente.



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