
Encendí mi propia lámpara, cerré la puerta y empecé a desvestirme. Me quedaban al menos cinco pantaloncitos negros y muchas, muchas camisetas blancas, ya que tendían a mancharse con suma facilidad. Y ni siquiera merecía la pena contar todos los pares de calcetines blancos que había enrollados en el cajón, así que esa noche no era necesario hacer la colada. Y estaba demasiado cansada para ducharme. Me lavé los dientes y me desmaquillé, me puse un poco de crema hidratante y me quité la cinta de la cabeza.
Me metí en la cama con mi camisa de dormir de Mickey Mouse favorita, queme llega casi hasta las rodillas. Me tendí de lado, como siempre, y disfruté del silencio de la habitación. Casi todo el mundo tiene el cerebro apagado a esas horas de la madrugada, y las vibraciones desaparecen, no tengo que rechazar ninguna intrusión. Con una paz así, tuve tiempo de sobra para pensar en los oscuros ojos del vampiro y deslizarme entonces en el profundo sueño del agotamiento.
Al día siguiente, a la hora de comer, me encontraba sobre mi tumbona plegable de aluminio, en el patio delantero, poniéndome cada vez más morena. Llevaba puesto mi vestido de dos piezas preferido, sin tirantes, que por cierto me quedaba más holgado que el verano anterior, así que estaba más contenta que unas castañuelas.
Entonces oí que se acercaba un vehículo por el camino de entrada y la camioneta negra de Jason, con sus blasones rosas y celestes, se detuvo a menos de un metro de mis pies.
Jason descendió hasta el suelo (¿he mencionado que su camioneta luce esas ruedas enormes?) y se me acercó. Vestía sus ropas habituales de trabajo: camisa y pantalones caquis, y llevaba un cuchillo de monte encajado en el cinturón, como casi todos los trabajadores de carreteras del condado. Por el modo en que andaba, supe que estaba cabreado.
