– Un vampiro aquí, en Bon Temps -la abuelita no estaba nada contenta con el asunto-. ¿Y ha mordido a alguien del bar?

– ¡Oh, no, abuela! Simplemente se sentó y se tomó un vaso de vino tinto. Bueno, lo pidió, pero no se lo tomó. Creo que solo buscaba algo de compañía.

– Me pregunto dónde se refugia.

– No creo que vaya a contarle eso a nadie.

– No -dijo la abuela, pensando en ello por un instante-, supongo que no. ¿Te gusta?

Esa sí que era una pregunta difícil. Reflexioné un poco.

– No lo sé. Parecía bastante interesante-dije con cautela.

– Me encantaría conocerlo-no me sorprendió que la abuela dijera eso, porque las cosas nuevas le gustaban casi tanto como a mí. No era una de esas reaccionarias que piensan que todos los vampiros están malditos, sin conocerlos siquiera-. Pero será mejor que me duerma ya. Estaba esperando a que llegaras para apagar las luces.

Me incliné para darle un beso y dije:

– Buenas noches.

Entorné su puerta al salir y oí el clic de la lámpara al apagarse. Mi gata, Tina, llegó de donde hubiese estado durmiendo hasta ese momento para frotarse contra mis piernas; la cogí en brazos y la acaricié un rato antes de sacarla para que pasara la noche fuera. Miré el reloj: eran casi las dos de la mañana, y la cama me llamaba.

Mi cuarto estaba justo al otro lado del pasillo respecto al de la abuela. Cuando usé por primera vez esa habitación, después de que murieran mis padres, la abuela trasladó hasta ella los muebles de mi cuarto de la otra casa, para que me sintiera más a gusto. Y allí estaban todavía, la cama individual y el neceser de madera blanca, y la pequeña cómoda.



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