
Supe de inmediato lo que era. Me sorprendió que nadie más se girara para contemplarlo. ¡No se daban cuenta! Pero vi que su piel resplandecía levemente y estuve segura.
Podría haber bailado de alegría, y de hecho me marqué unos pasos junto a la barra. Sam Merlotte, mi jefe, alzó la mirada del cóctel que estaba mezclando y me dedicó una leve sonrisa. Cogí una bandeja y el bloc y me dirigí a la mesa del vampiro. Confié en que mi pintalabios se mantuviera todavía en su sitio y que la coleta estuviera bien puesta. Soy bastante nerviosa, y noté que una sonrisa me tiraba hacia arriba de las comisuras de los labios.
Él parecía perdido en sus pensamientos, así que pude echarle un buen vistazo antes de que alzara la mirada. Calculé que rondaba el metro ochenta. Tenía el pelo castaño y largo, peinado recto hacia atrás; le llegaba hasta el cuello y sus largas patillas parecían de alguna manera anticuadas. Era pálido, por supuesto; de hecho estaba muerto, si haces caso a las viejas leyendas. La teoría políticamente correcta, la que los propios vampiros respaldan en público, afirma que aquel chico fue víctima de un virus que lo dejó en apariencia muerto durante un par de días y, a partir de ese momento, alérgico a la luz del sol, a la plata y al ajo. Los detalles dependían del periódico que escogieras: en aquellos días, estaban llenos de artículos sobre vampiros.
El caso es que tenía unos labios adorables, esculpidos con delicadeza, y cejas oscuras y arqueadas. Su nariz surgía de forma súbita justo entre los arcos, como la de un príncipe de un mosaico bizantino. Cuando al fin alzó la vista, descubrí que sus iris eran incluso más oscuros que su pelo, y la córnea de los ojos extraordinariamente blanca.
