– ¿En qué puedo servirle? -le pregunté, feliz casi más allá de las palabras. Él alzó las cejas.

– ¿Tenéis sangre sintética embotellada? -preguntó.

– ¡No, lo siento! Sam encargó algunas botellas, deberían llegar la semana que viene.

– Entonces vino tinto, por favor -dijo con una voz fina y clara, como un riachuelo sobre piedras alisadas. Me reí en voz alta, pues era demasiado perfecta.

– No se enfade con Sookie, señor, está loca-intervino una voz familiar desde el reservado que había junto a la pared. Toda mi alegría se desinfló, aunque pude notar que la sonrisa aún tensaba mis labios. El vampiro me miraba fijamente, contemplando la vida que desaparecía de mi cara.

– Le traeré su vino de inmediato -dije, y me alejé con grandes zancadas, sin mirar siquiera el rostro engreído de Mack Rattray. Iba al bar casi cada noche; él y su esposa Denise. Yo los llamaba la Pareja Rata. Habían hecho todo lo posible por hacerme la vida miserable desde que se trasladaron a la caravana de alquiler en Four Tracks Corner. Por aquel entonces abrigaba la esperanza de que se largaran de Bon Temps tan de improviso como habían venido.

La primera vez que entraron en Merlotte's, escuché sus pensamientos sin ninguna discreción. Lo sé, es algo muy ordinario por mi parte, pero estaba aburrida de todos los demás, y aunque me paso la mayor parte del tiempo bloqueando los pensamientos de la gente que tratan de colarse en mi cerebro, a veces me rindo. Así que conocía algunas cosas de los Rattray que tal vez nadie más supiera. Para empezar, sabía que habían estado en la cárcel, aunque no por qué. Además, había leído los sucios pensamientos a los que se entregaba Mack Rattray sobre una servidora. Y después escuché en la mente de Denise que había abandonado a un bebé que tuvo dos años antes, un niño que no era de Mack.



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