De un instante a otro, todo terminó. Sam, uno de los escasos cambiantes puros, adoptó su forma más familiar: un collie. Vino a sentarse ante mí y lanzó un alegre ladrido. Me incliné para acariciarle la cabeza. Sacó la lengua y me sonrió. La manifestación animal de Tray era mucho más espectacular. No es muy habitual ver un lobo enorme en el norte de Luisiana; y, las cosas como son, da bastante miedo. La gente se removía incómoda, y bien habrían podido salir corriendo de no haberse acercado Amelia a Tray y haberle rodeado el cuello con los brazos.

– Entiende lo que decís -dijo animosamente a la gente de la mesa más cercana. La sonrisa de Amelia era amplia y genuina-. Eh, Tray, llévales este posavasos. -Le dio uno de los posavasos del bar y Tray Dawson, uno de los luchadores más implacables, tanto en su forma humana como lupina, trotó por el establecimiento para dejarlo sobre el regazo de una clienta. Ella parpadeó varias veces, vaciló y finalmente rompió a reír.

Sam me lamió la mano.

– Dios bendito de mi vida -exclamó Arlene en voz alta. Whit Spradlin y su colega estaban de pie. Pero, si bien algunos parroquianos más parecían nerviosos, ninguno de ellos tuvo una reacción tan violenta.

Bill y Clancy contemplaron la escena con rostros inexpresivos. Obviamente, estaban listos para lidiar con cualquier problema, pero parecía que la Gran Revelación de los cambiantes no estaba yendo mal. La de los vampiros no fue tan tranquila, al ser la primera de las conmociones que la sociedad iba a sentir durante los años que seguirían. Poco a poco, los vampiros se habían convertido en una parte reconocida de Estados Unidos, si bien su ciudadanía aún estaba sujeta a ciertas limitaciones.

Sam y Tray pasearon entre los clientes habituales, dejando que los acariciaran como si fuesen animales domésticos normales. Mientras, el locutor de la televisión temblaba visiblemente frente a la bella loba blanca en la que Patricia se había convertido.



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