
– ¡Mira, está tan asustado que tiembla y todo! -dijo D'Eriq, el ayudante de sala y cocina. Rió ostensiblemente. Los parroquianos del Merlotte's se relajaron lo suficiente como para sentirse superiores. A fin de cuentas, habían lidiado con el fenómeno con aplomo.
Mel, el nuevo colega de Jason, comentó:
– Nadie debería asustarse de una señorita tan guapa, aunque imponga un poco. -Y las risas y la relajación cundieron por el bar. Sentí alivio, aunque pensé que, irónicamente, muchos de ellos no se reirían tanto si Jason y Mel se hubieran transformado; eran hombres pantera, aunque Jason no pudiera transformarse del todo.
Pero después de las risas sentí que todo iría bien. Tras echar un cuidadoso vistazo alrededor, Bill y Clancy volvieron a su mesa.
Whit y Arlene, rodeados por un montón de ciudadanos que se estaban tomando esa enorme cucharada de información con aparente naturalidad, parecían muy desconcertados. Capté que Arlene estaba especialmente confundida acerca de cómo reaccionar. Después de todo, Sam había sido nuestro jefe desde hacía sus buenos años. A menos que estuviera dispuesta a perder su trabajo, no podía optar por la alternativa drástica. Pero también percibí su miedo y la creciente rabia que le iba a la zaga. Whit siempre mostraba la misma reacción ante las cosas que no comprendía. Las odiaba, y el odio es contagioso. Miró a su compañero de bebida y ambos se intercambiaron oscuras miradas.
Los pensamientos se agolpaban en la mente de Arlene como las bolas de la lotería en el bombo. Resultaba difícil prever cuál afloraría primero.
– ¡Jesús, acaba con todos ellos! -dijo Arlene, enardecida. La bola del odio había resultado ser la ganadora.
– ¡Vamos, Arlene! -protestaron algunas voces… Pero todos escuchaban.
– Esto va en contra de la naturaleza de Dios -dijo Arlene en voz alta e iracunda. Agitó su melena roja teñida con vehemencia-. ¿Queréis que vuestros hijos vayan con estas cosas?
