Ya era muy tarde para charlar sobre todo lo que por fin había conseguido recordar acerca de nuestros intensos y extraños días juntos, aquellos en los que perdió la memoria temporalmente debido a un conjuro.

– ¿Qué vais a hacer esta noche mientras yo esté en el trabajo? -pregunté a Amelia y a Octavia, ya que lo que menos falta me hacía era otra ronda de conversaciones imaginarias. Me puse el abrigo. El norte de Luisiana no sufre las horribles temperaturas del auténtico norte, pero esa noche rondaba los cuatro grados, y haría incluso más frío cuando saliese del trabajo.

– Salgo a cenar con mi sobrina y sus hijos -dijo Octavia.

Amelia y yo intercambiamos miradas de sorpresa mientras la cabeza de la mujer mayor se centraba en la blusa que estaba remendando. Era la primera vez que se veía con su sobrina desde que se mudó de su casa a la mía.

– Creo que Tray y yo nos pasaremos por el bar -dijo Amelia a toda prisa para disimular la pequeña pausa.

– Entonces os veré en el Merlotte's. -Hacía años que trabajaba allí de camarera.

– Oh, me he equivocado con el color del hilo -se quejó Octavia, y desapareció por el pasillo, camino de su habitación.

– ¿Entonces ya no te ves mucho con Pam? -le pregunté a Amelia-. Tray y tú cada vez vais más en serio. -Me metí la camiseta blanca en los pantalones negros. Eché una mirada al viejo espejo que había sobre la repisa de la chimenea. Tenía el pelo recogido en la coleta de rigor para el trabajo. Localicé un pelo rubio sobre el abrigo y lo quité.

– Lo de Pam no fue más que una locura, estoy segura de que ella piensa lo mismo. Tray me gusta de verdad -me explicaba Amelia-. No parece preocuparle el dinero de mi padre ni tampoco molestarle que yo sea una bruja.



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