
– Es un buen tipo -comenté-. ¿Ya lo has visto en forma de lobo?
– No, pero lo estoy deseando.
Capté algo de la transparente mente de Amelia que me desconcertó.
– ¿Falta poco? ¿Para la revelación?
– ¿Te importaría dejar de hacer eso? -Amelia solía tener muy en cuenta mi habilidad para leer la mente, pero ese día se le olvidó-. ¡Tengo que guardar los secretos de otras personas, ya lo sabes!
– Lo siento -dije. Y así era, pero al mismo tiempo me sentía un poco apenada. Veía lógico poder relajar las ataduras de mi habilidad en mi propia casa. Después de todo, ya tenía que luchar contra ellas todos los días en el trabajo.
– Yo también lo siento -contestó Amelia al momento-. Escucha, tengo que arreglarme. Luego nos veremos.
Subió a paso ligero las escaleras hasta el piso de arriba, que apenas había sido utilizado hasta que ella vino de Nueva Orleans, unos meses antes. A diferencia de la pobre Octavia, se había librado del Katrina.
– Hasta luego, Octavia. ¡Que lo pases bien! -dije antes de salir por la puerta trasera para coger el coche.
Mientras recorría el largo camino que atravesaba el bosque hasta Hummingbird Road, cavilé acerca de las probabilidades de Amelia y Tray Dawson como pareja. Tray, que era licántropo, trabajaba como mecánico de motos y guardaespaldas. Amelia era una prometedora bruja en ciernes, y su padre era inmensamente rico, incluso después del Katrina. El huracán había dejado intacta la mayor parte del material de su almacén y le había proporcionado trabajo suficiente para décadas.
