De eso ya tenía suficiente.


Al otro lado del parque del barrio, Nell estaba sentada a la gran mesa de cenar de su muy pequeño departamento y decía:

– Y entonces, cuando me estaba yendo, la persiana se cayó haciendo un ruido enorme y ahí estaba la ventana rota.

Miró impasible mientras su cuñada, Suze Dysart, sufría un ataque de hipo por la risa, una belleza platinada incluso cuando jadeaba.

– Tal vez crea que la rompió alguien desde afuera -dijo Margie, la otra cuñada de Nell, desde un costado, con su cara pequeña y poco atractiva mostrando la misma esperanza de siempre por encima de la taza de café que Nell acababa de servirle-. Si tú nunca se lo dices, quizás él jamás se entere. -Sacó un pequeño termo plateado de su cartera mientras hablaba y agregó a su taza la leche de soja que siempre llevaba consigo.

– Él es un detective -dijo Nell-. Por Dios, espero que se dé cuenta; si no estaré trabajando para Elmer Fudd.

– Oh, por Dios, hacía mucho tiempo que no me reía así. -Suze respiró profundamente-. ¿Qué vas a hacer con respecto a la alfombra?

– Tal vez puedas poner la parte agujereada debajo del escritorio. -Margie buscó una galletita de almendra-. Si nunca la ve, tal vez jamás se dé cuenta. -Mordió la galletita y dijo-: Me encantan, pero la mujer que las hace es muy tacaña con la receta.

– Si tú pudieras hacer las galletitas, ¿se las comprarías a ella? -dijo Suze, y cuando Margie sacudió la cabeza, agregó-: Bueno, por eso. -Se volvió hacia Nell y empujó el plato de galletitas hacia ella-. Come y cuéntanos más. ¿Cómo es el lugar? ¿Cómo es tu nuevo jefe?

– Es un desordenado -dijo Nell-. Voy a tardar las seis semanas completas sólo para limpiarle el escritorio. -Ése era un buen pensamiento, organizarle la vida a alguien, volver a estar a cargo de las cosas. Es hora de seguir avanzando, pensó y se quedó inmóvil.

– Ay. -Margie miró por debajo de la mesa-. ¿Qué acabo de patear? ¿Por qué hay cajas aquí abajo?



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