
Volvió a buscar las aspirinas y esta vez las bajó con el whisky Glenlivet que siempre guardaba en el cajón inferior, como lo había hecho su padre antes que él. Tendría que hacer algo respecto de Chloe y Lu, sin mencionar a Jack Dysart y a Trevor Ogilvie y cualquiera fuera el lío en que se habían metido ellos mismos y a su estudio legal esta vez. La única perspectiva alegre de su futuro era que pocas horas más tarde dormiría con Chloe. Eso siempre era agradable.
¿Agradable? Se detuvo. Por Cristo, ¿qué había pasado con «ardiente»? No podría ser Chloe, ella estaba igual que siempre.
Entonces soy yo, pensó, mirando la botella de whisky escocés en una mano y el frasco de aspirinas en la otra. Estoy acabado; necesito alcohol y drogas para soportar un día entero.
Por supuesto que lo que él tomaba en exceso era Glenlivet y Bayer, no ginebra barata y crack. Sus ojos se detuvieron en la fotografía que estaba en la pared opuesta: su papá y Trevor Ogilvie, cuarenta años antes, las manos de cada uno aferradas sobre el hombro del traje a rayas del otro, sonriendo a la cámara, brindando con vasos de whisky. Una buena y antigua tradición, pensó, y recordó a su padre que decía: «Trevor es un gran tipo, pero sin mí, dejaría de prestar atención a sus problemas hasta que le explotaran en la cara».
Me dejaste más que la agencia, papá.
Sin que eso lo alegrara, Gabe guardó ambas botellas en el escritorio y comenzó a clasificar el desorden para encontrar sus anotaciones. Era una gran cosa que tuvieran una secretaria que empezaría el lunes. Él necesitaba a alguien que obedeciera órdenes y que le hiciera la vida más fácil, como había hecho Chloe cuando había sido su secretaria. Echó una mirada de inquietud a la ventana rota. Estaba bastante seguro de que Eleanor Dysart le haría la vida más fácil.
Y si no era así, la despediría, aunque fuera la ex cuñada de su cliente más importante. Si había algo que no necesitaba en su vida era más gente que lo volviera loco.
