
Riley se dio por vencido con el apoyabrazos y lo dejó caer al piso para tomar el papel.
– Detesto perseguir a cónyuges adúlteros.
El dolor de cabeza de Gabe se resistía a la aspirina.
– Si las investigaciones de parejas te molestan, tal vez deberías replantearte tu carrera.
– Es la gente, no el trabajo. Como Jack Dysart. Un abogado que cree que el adulterio es un pasatiempo para mí es como el último escalón de la cadena alimentaria. Qué perdedor.
Esa no es la razón por la que lo odias, pensó Gabe, pero eran las últimas horas de una tarde de viernes y no tenía interés en alentar los viejos rencores de su primo.
– Tengo que encontrarme con él y con Trevor Ogilvie el lunes. Los dos socios principales al mismo tiempo.
– Te felicito. Ojalá Jack esté hasta el cuello en problemas.
– Los están chantajeando.
– ¿Chantaje? -dijo Riley, la voz llena de incredulidad-. ¿Jack? ¿Existen cosas que son aún peores que lo que todos saben de él?
– Es posible -dijo Gabe, mientras pensaba en Jack y su total falta de interés por las consecuencias de sus acciones. Era asombrosa la forma en que un abogado atractivo, encantador, egoísta y adinerado podía salirse con la suya. Al menos, eran asombrosas las cosas que Jack hacía sin tener que responder por ellas-. Jack cree que es un empleado descontento que trata de asustarlos. Trevor cree que es una broma y que si esperan unas semanas…
Riley resopló.
– Ahí tienes a Trevor. Un abogado que hizo una fortuna demorando a sus oponentes hasta la muerte. Lo que incluso es mejor que lo que hace Jack, ese ladino hijo de puta.
Gabe sintió una puntada de irritación.
– Oh, diablos, Riley, dale un poco de crédito al hombre; ya van catorce años y sigue casado. Ella pasó los treinta hace bastante y él no se alejó. Por lo que sabemos, hasta podría serle fiel.
