Le dedicó una última sonrisa llena de un optimismo demente y salió de la oficina antes de que sucediera algo más.

Lo último que vio cuando cerraba la pesada puerta fue la persiana, que se resbalaba una vez, rebotaba y después caía con un golpe, exponiendo la ventana con una rajadura en forma de estrella, brillante bajo la luz de la tarde.


Cuando Eleanor Dysart se fue, Gabe miró la ventana rota y suspiró. Encontró un frasco de Bayer en el cajón del medio y tomó dos aspirinas, enjuagándolas con un café de varias horas de antigüedad que había sido horrible cuando estaba caliente, e hizo una mueca cuando alguien golpeó la puerta de su oficina.

Su primo Riley asomó su rubia cabellera por la puerta, haciendo su habitual imitación de un jugador de fútbol norteamericano medio retardado.

– ¿Quién era la delgaducha pelirroja que acaba de irse? Atractiva; pero si aceptamos su caso, deberíamos darle de comer.

– Eleanor Dysart -dijo Gabe-. Va a reemplazar a Lynnie. Y es más fuerte de lo que parece.

Riley miró la ventana con el entrecejo fruncido mientras se sentaba en la silla que Eleanor Dysart acababa de desocupar.

– ¿Cuándo se rompió la ventana?

– Hace unos cinco minutos. Y vamos a contratarla, aunque sea una rompeventanas, porque está calificada y porque Jack Dysart nos lo pidió.

Riley parecía disgustado.

– ¿Una de sus ex esposas de la que no habíamos oído hablar? -Se recostó sobre el apoyabrazos, que crujió y se rompió, por lo que tuvo que echarse hacia atrás para no caerse de la silla.

– ¿Qué diablos?

– Cuñada -dijo Gabe, mirando la silla con tristeza-. Divorciada de su hermano.

– Esos chicos Dysart son un infierno para las esposas -dijo Riley, recogiendo el apoyabrazos del suelo.

– Le mencioné a Jack que necesitábamos una temporaria y él la mandó. Trátala bien. Otros no lo han hecho. -Gabe guardó el frasco de aspirinas en el cajón y tomó un papel empapado en café. Usó otro papel para absorber el líquido y se lo pasó a Riley-. Tienes el Almuerzo Caliente el lunes.



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