
Mikah se disponía a hablar, pero antes reflexionó unos instantes.
— Quizá tenga usted razón. Estoy cansado y, además, no tiene ninguna importancia. — Sacó el paquete de cigarrillos del bolsillo de Jason y dejó caer uno sobre la bandeja. Inmediatamente después se sirvió una tercera taza de té con cierto aire apologético —. Le ruego que me disculpe, Jason, por haber intentado arrastrarle a mis propios sistemas y conceptos. Cuando se persigue con ahínco la gran Verdad, deja uno escapar imperceptiblemente la pequeña Verdad. No soy intolerante, pero tengo tendencia a creer que los que me rodean se abandonarán y dejarán arrastrar por ciertos criterios y principios que he fijado incluso para mí mismo. La humildad es algo que nunca deberíamos olvidar, y debo por tanto agradecerle el haber sido causa de recordarlo. La búsqueda de la Verdad es ardua tarea.
— ¡Pero la Verdad no existe! — espetó Jason, poniendo una inflexión de rabia e insulto en la voz, ya que quería mantener envuelto en la conversación a quien le había hecho prisionero. Y lo suficientemente envuelto y atraído en la conversación como para hacerle olvidar que su brazo estaba en libertad. Se llevó la taza a los labios, pero sin llegar a beber ni una gota. Aquella media taza le proporcionaba una razón para continuar con el brazo libre.
— ¿Que no existe la Verdad? — Mikah sopesó sus palabras —. ¡Usted no sabe lo que dice! ¡Toda la galaxia se desborda de Verdad! es la piedra de toque de la misma Vida, es lo que separa a la Raza Humana de los animales.
