«— Esto no es — continuó — más que un medio de expresar fundamentales e inalterables principios, que pueden aplicarse en todas circunstancias. Por tanto, si lo que usted pretende es tener, crear, fundar, verdaderas leyes éticas, éstas tendrán que tener la misma universalidad que la ley antes mencionada. Tendrán que responder del mismo modo en Cassylia que en Pyrrus que en cualquier planeta o sociedad que se pueda hallar. Y esto nos lleva nuevamente a lo que decíamos antes. Lo que usted con tanta grandilocuencia llama (con letras mayúsculas y un buen coro de trompetas) «Leyes Éticas», no son leyes ni nada. No son más que pequeños retazos de ethos triviales, observaciones aborígenes efectuadas por unos cuantos pastores del desierto, con el fin exclusivo de mantener el orden y el respeto en casa o en la choza. ¡Esas reglas no pueden tener ninguna aplicación universal!; usted mismo puede verlo. Piense en los distintos planetas que ha visitado y en los innumerables, fantásticos, y maravillosos medios que la gente tiene para reaccionar los unos contra los otros, y luego intente dar forma a diez reglas de conducta que fueran aplicables a todos los tipos de sociedades humanas imaginables. Eso es una tarea imposible. Le aseguro que no es usted muy ético si trata de imponer sus principios a donde quiera que vaya, a no ser que encuentre un interés muy particular en cometer un suicidio.

— ¡Me está usted insultando!

— Eso espero, que se sienta ofendido. Si no consigo hacerle reaccionar por otros medios, quizá con el insulto pueda sacudirle ese estado de moral medio adormecido que hay en usted. ¿Cómo se atreve usted a considerarme merecedor de un juicio por robar dinero del casino de Cassylia, cuando todo lo que dice fue de acuerdo con el propio código de ética de aquellas gentes? Ellos consienten los juegos de azar, lo cual quiere decir que la ley, según el ethos local, debe ser que los juegos perversos sean una norma.



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