Y si ellos han creado posteriormente una ley que diga que el castigar los tejemanejes de los garitos de juego es ilegal, entonces, es la ley la que carece de ética, y no el castigo. Si usted me lleva a juicio, para ser juzgado por la ley, usted no responde a la ética, y yo seré una víctima indefensa de un hombre endemoniado.

— ¡Maldición de Satanás! — gritó Mikah, poniéndose en pie de un salto y paseando de un lado a otro por delante de Jason, al mismo tiempo que enlazaba y desenlazaba las manos presa de gran agitación —. Usted lo que quiere es confundirme con su semántica y ética, que no son al fin y al cabo más que un oportunismo y un acuerdo. Pero hay una Ley Más Alta que no se puede discutir…

— ¡Eso es un juicio imposible…, y se lo puedo demostrar! — al decir estas palabras Jason señaló hacia los libros que había en la pared —. Y se lo puedo demostrar con sus propios libros. Con el Aquinas no… ése es demasiado denso. Me basta el pequeño volumen ese donde dice «Lull» al dorso. ¿No es El libro de la Orden de Chyialry de Lull?

Los ojos de Mikah se abrieron de par en par a causa de la sorpresa.

— ¿Conoce ese libro? ¿Ha leído las obras de Lull?

— Pues claro que sí — respondió Jason con hipócrita seriedad, pues era el único libro de la colección que recordaba haber leído; sin razón justificada el título había quedado grabado en su memoria —. Déjemelo ver, y le demostraré lo que decía.

Nadie hubiera podido apreciar, a juzgar por la naturalidad de sus palabras, que había llegado a un momento crítico de sus propósitos. Dio un sorbo en la taza de té, sin mostrar la más leve señal de la incertidumbre que le embargaba.



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