
A través de todos estos pensamientos, Jason llegó a la conclusión de que tenía que matar a aquel hombre tan pronto como se encontrara en las suficientes condiciones físicas para ello; al mismo tiempo, quedó no poco sorprendido de sus reflexiones al aceptar aquella sed de sangre a que le obligaba la lucha de una vida por otra. Al parecer, durante su larga estancia en Pyrrus, había perdido una buena parte de su aversión a matar, salvo en los casos de defensa propia, aunque a juzgar por lo que había visto hasta ahora, las costumbres pyrranas hubieran sido en esta ocasión de mayor utilidad. El cielo aparecía gris e incorporó la cabeza para contemplar el amanecer.
Quedó terriblemente sorprendido al encontrar a Mikah Samon acostado junto a él, asomando apenas la parte superior de la cabeza de entre las pieles que le cubrían. Tenía el pelo pegado y manchado de sangre negra, pero aún respiraba.
— Es más difícil matar a uno de lo que yo pensaba — murmuró Jason, incorporándose más todavía al apoyarse sobre un codo, y contemplando aquel mundo adonde les había llevado su propio sabotaje de la nave espacial.
Era un desierto horrendo, de cuerpos amontonados unos junto a otros, que le recordaba la imagen que tenía del final de la batalla del fin del mundo. Unos cuantos de ellos se estaban poniendo en pie, sujetando las pieles que les servían de abrigo alrededor de sus cuerpos que constituían los únicos signos de vida en aquella inmensidad arenosa. A un lado, una cadena de dunas, tapaba la vista del mar, aunque no le impedía oír el murmullo de las olas. En lo alto de las dunas apareció una figura que le era conocida, el hombre armado, haciendo algo extraño con lo que parecían ser trozos de cuerda; había un ruido metálico que de pronto se perdió en la distancia, dejando de oírse después. Mikah Samon se agitó y lanzó una especie de quejido.
