— ¡Estamos en paz! — dijo Jason —. La noche pasada me salvó usted la vida, y ahora le he salvado yo la suya. Está desarmado y herido, mientras que el hombre ese que está en la montaña es una especie de armario andante, y el que tiene la personalidad suficiente para vestir un disfraz de ese tipo, la tiene también para matar con la misma tranquilidad que se mondan los dientes. Así que serénese, y procure evitar problemas. Hay un medio para salir de este lío, siempre hay un medio para salirse de cualquier lío si se busca, y yo lo encontraré. De momento, voy a dar una vuelta por los alrededores y hacer algunas investigaciones. ¿De acuerdo?

La respuesta fue una especie de quejido, pues Mikah había perdido nuevamente el sentido, mientras sangre fresca volvía a manar de la herida.

Jason se puso en pie y envolvió su cuerpo entre los harapos para que le sirvieran de protección del viento, anudando los dos extremos. A continuación hurgó en el suelo levantando la arena, hasta que encontró una piedra que le cabía en la mano, y armado de ese modo comenzó a abrirse camino entre las revueltas siluetas de los que dormían.

Cuando volvió, Mikah había recobrado el conocimiento, y el sol ya había hecho un largo recorrido sobre el horizonte. Toda la gente estaba despierta, formando una mezcla desordenada de unos treinta hombres, mujeres y niños. Todos eran idénticos en suciedad dentro de aquellas pieles, y los pocos que se movían, lo hacían muy lentamente. Los demás permanecían impertérritos sentados en el suelo. No mostraban el menor interés por los dos extranjeros. Jason acercó a Mikah una taza de cuero, conteniendo un brebaje de color alquitranado.

— Bébase esto. Es agua. Lo único que parece que hay por aquí para beber. No encontré comida. — Conservaba la piedra en la mano, y mientras hablaba la frotaba sobre la arena. En uno de los lados se distinguía una mancha de color rojizo, muy seca, que conservaba unos cuantos pelos largos, pegados a ella.



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