— Eché un vistazo por los alrededores, y la verdad es que hay muy poco más de lo que se ve desde aquí. Ese grupo de individuos derrengados, con sus apestosas pieles, y unos cuantos de ellos que llevan agua en botellas de cuero. Están acostumbrados a recibir órdenes del «yo más fuerte», de modo que ordené más que supliqué un poco de agua. La comida vendrá después.

— Pero. ¿quiénes son? ¿qué es lo que hacen? — preguntó Mikah con voz incierta a causa del sufrimiento que le producía el efecto del golpe. Jason miré la parte contusionada y decidió no tocarla. La herida había sangrado libremente, y la sangre había coagulado. Lavarle con aquella agua no serviría de mucho, y por el contrario podría provocarle una infección que no haría más que sumarse a los otros problemas.

— De lo único que estoy seguro es de una cosa — dijo Jason —. De que son esclavos. No sé por qué están aquí ni lo que están haciendo ni adónde van, pero su estado está dolorosamente claro; e igual que el nuestro. El Viejo Asqueroso que está en la colina, es el jefe. Y los demás somos esclavos.

— ¡Esclavos! — exclamó Mikah horrorizado —. ¡Eso es abominable! ¡Los esclavos deben ser libertados!

— No idealice, por favor; olvide todo cuanto le han enseñado los libros y trate de ser realista… aunque le duela. Aquí no hay más que dos esclavos que necesitan ser puestos en libertad, y cuanto antes; y esos somos usted y yo. Estas gentes parece que se acomodan perfectamente a su statu quo, y no veo razón alguna para que cambien. No voy a emprender ninguna campaña abolicionista hasta que no vea despejado el camino para salir de este lío, y aun entonces, probablemente no me meteré en tales menesteres. Este planeta ha existido durante muchos tiempos, bajo tales condiciones de vida sin mi presencia, y continuará del mismo modo cuando yo me haya ido.



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