— ¿Y los d’zertanoj de quienes Fasimba consiguió las flechas, quiénes son?

— No sabes mucho, que digamos — dijo ella, terminando de comer la carne, y chupando la grasa de los dedos.

— Sé lo suficiente como para tener carne cuando tú no tienes, de manera que no abuses de mi hospitalidad. ¿Quiénes son los d’zertanoj?

— Todo el mundo sabe quiénes son — hizo un gesto de incomprensión ante la pregunta de Jason, y buscó un lugar blando en la arena para sentarse —. Viven en el desierto. Van en caroj, y apestan. Tienen muchas cosas bonitas. Uno de ellos me dio la bonita que tengo. Si te la enseño, ¿no me la quitarás?

— No, no la tocaré. Pero me gustaría ver algo de lo que ellos hayan hecho. Mira, aquí tienes un poco más de carne. Y ahora enséñame esa cosa.

Ijale hurgó entre sus pieles, hasta llegar a un bolsillo escondido, de donde sacó algo que apretaba con todas sus fuerzas con la mano cerrada. Extendió la mano con orgullo y la abrió. Todavía había luz suficiente para que Jason pudiera descubrir la forma ruda de un trozo de vidrio rojo.

— ¿Verdad que es muy bonito? — preguntó ella.

— Precioso — convino Jason.

Durante unos instantes sintió una punzada de verdadera compasión, al contemplar el aspecto de la muchacha con el brazo tendido, y su «tesoro» en la mano. Los antepasados de la muchacha habían llegado a este planeta en naves espaciales, llevando con ellos el conocimiento de las más avanzadas ciencias. Cortando el cordón umbilical que les unía a otros mundos, sus hijos habían degenerado hasta este punto: esclavos llegados a tal grado de inteligencia, que daban más valor a un trozo de vidrio insignificante, que a ninguna otra cosa en el mundo.

— Te gusta, ¿eh? — repitió Ijale, volviendo a esconder el vidrio —. ¿Oye, me quieres dar un beso?

— Quieta, quieta — se apresuró a responder Jason —. La carne ni era más que un regalo, y por tanto, no tienes que pagarme nada.



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