
Anduvieron durante un rato antes de que oscureciera. La duración de la marcha había estado supeditada a que llegara el momento de perder de vista a los otros esclavos; cuando ya no se veía ni rastro de ellos, se detuvieron para pasar la noche.
Jason buscó refugio al socaire de un altillo que rompía la fuerza del viento, y sacó un trozo de carne reseca que tuvo la precaución de guardar en el primer festín. Estaba duro y muy grasiento, pero de todos modos era superior en mucho a los krenoj apenas comestibles, que constituían la mayor parte de la dicta de los esclavos. Empezó a comer mirando a un lado y otro, y vio a uno de los esclavos que venía hacia él.
— ¿Me das un poco de carne? — preguntó el esclavo con voz plañidera. Al cabo de unos segundos se dio cuenta de que quien había hablado era una mujer, una muchacha. Todos los esclavos tenían idéntico aspecto envueltos en sus pieles y con el pelo largo, sucio, y revuelto. Arrancó un trozo de carne y se lo ofreció.
— Aquí tienes. Siéntate y cómetelo. ¿Cómo te llamas?
A cambió de su generosidad, intentó obtener información de la muchacha.
Ijale estaba todavía de pie y desgarraba la carne sujetándola con una mano, mientras con el dedo índice de la otra se rascaba la cabeza.
— ¿De dónde viniste? ¿Siempre has vivido aquí…, de esta forma?
— No, aquí, no. Vine de Bul’wajo, luego de Fasimba, y ahora pertenezco a Ch’aka.
— ¿Qué o quién es Bul’wajo? ¿Es alguien como nuestro jefe Ch’aka?
Ella asintió sin dejar de mordisquear la carne.
