Cualquiera que fuese la droga que le había dejado inconsciente, era de rápida acción, y seguramente se disipaban sus efectos con relativa facilidad. El dolor de cabeza fue disminuyendo hasta convertirse en un simple embotamiento, y llegó a abrir los ojos sin experimentar la sensación de que le clavaban agujas en la misma retina.

Se hallaba sentado en una silla espacial de estructura idéntica a las empleadas en cualquier nave, pero que había sido equipada con abrazaderas para las muñecas, y los tobillos, que le mantenían por de sobra aprisionado. Había un hombre sentado en la silla de al lado, entretenido observando las luces del cuadro de mandos de la nave. Ésta se hallaba en pleno vuelo, y totalmente sumida en las profundidades del espacio. El extranjero maniobraba en los computadores, controlando el vuelo.

Jason aprovechó aquella oportunidad para estudiar a aquel hombre. Parecía un poco mayor para ser un policía, aunque fijándose más detenidamente era difícil llegar a cerciorarse de su edad. Tenía el pelo gris y tan corto, que casi parecía calvo. Las arrugas de su piel muy curtida, parecían más bien haber sido producidas por la exposición al sol y al aire, que por el transcurso de los años. Alto y erguido, daba la impresión a primera vista de no tener recia contextura, hasta que Jason se dio cuenta de que tal efecto era causado por una ausencia total de cualquier exceso de grasas. Era como si el sol le hubiera quemado, y la lluvia le hubiera lamido, hasta no dejar entre los dos, más que huesos, tendones y músculos. Cuando movía la cabeza, los músculos del cuello se marcaban bajo la piel como si de cables rígidos se tratara, y sus manos en el cuadro de mandos recordaban las ennegrecidas garras de un pájaro salvaje. Con el impulso de un dedo puso en funcionamiento el control automático, y abandonó la atención puesta en el cuadro para concentrarla en Jason.



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