– ¿Qué nombre te pondrías?

– Desde luego no uno tan tonto como «Casanova» -lo picó Lucy-, aunque viendo cómo engatusaste a mi vecina para que te ayudara, la verdad es que te va como anillo al dedo.

– No me lo puse yo. Y por cierto, puedes llamarme Bryan; ése es mi verdadero nombre.

De todos modos lo habría averiguado muy pronto.

– De acuerdo; pues entonces tú llámame… Lindsay; Lindsay Morgan.

– Suena muy sofisticado. ¿Tiene algún significado especial? ¿Conoces a alguien que se llame Lindsay? ¿O que se apellide Morgan?

– No, pero Lindsay Wagner es una de mis actrices preferidas. Y Morgan… pues no sé, se me acaba de ocurrir.

– Pues no se hable más; desde este momento te llamas Lindsay Morgan, así que ve acostumbrándote.


Oh, Dios, pensó Lucy. Aquello iba en serio. Le había dicho lo del cambio de nombre medio en broma, pero iba a conseguir una nueva identidad de verdad. Un nuevo trabajo, una vida nueva en una nueva ciudad…

Unos criminales vinculados con el terrorismo internacional habían entrado en su casa, instalado micrófonos ocultos, y era posible que estuviesen buscándola para matarla, pero no estaba aterrada, como cabría esperar en una situación así. Todo aquello era tan emocionante…

Claro que se sentía un poco mal por sus padres; se preocuparían cuando pasasen varios días sin que tuviesen noticias de ella. Habría querido preguntarle a Bryan si podría volver a verlos, pero probablemente no podría responderle a eso.

Viajaron durante casi cinco horas, pero estaban en el mes de julio, así que todavía era de día cuando llegaron a Nueva York.

– ¿Dónde voy a quedarme?, ¿en un hotel? -le preguntó a Bryan.

– No, no puedo llevarte a ningún sitio donde tengas que identificarte; no hasta que no tenga listos los documentos falsos que te acrediten como Lindsay Morgan.

– Pero vas a llevarme a un lugar seguro, ¿no?

– Al más seguro de todos -le contestó él con una breve sonrisa.



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