– Está bien, está bien. Supongo que podría reunirme contigo sobre las cinco y media o las seis. ¿Crees que podrás mantener la calma hasta entonces, irte a casa y esperarme allí?

Lucy inspiró profundamente, en un intento por tranquilizarse.

– De acuerdo, pero si me ocurre algo tienes que prometerme que te pondrás en contacto con mis padres y les dirás que los quiero, que siempre los he querido aunque no se lo haya dicho muy a menudo.

– No te pasará nada, exagerada -le contestó él-. Recuerda, no pierdas los nervios -le reitero antes de colgar.

Lucy le lanzó una mirada furibunda al teléfono antes de colgar también. ¿Exagerada? ¿Acaso creía que estaba paranoica o algo así?

Guardó el aparato en el bolso, salió del cuarto de baño, y se dirigió a su despacho con la esperanza de no encontrarse con nadie. Sin embargo, justo cuando estaba doblando una esquina se topó con el director del banco, el señor Vargov.

– Ah, hola, Lucy. Precisamente estaba buscándote.

– Perdone; estaba en el aseo. El almuerzo no me ha sentado muy bien -mintió.

El señor Vargov escrutó su rostro con su ojo sano. Le habían dicho que había perdido el otro en algún tipo de accidente, pero desconocía los detalles.

Lucy rogó por que no notara lo nerviosa que estaba.

– Desde luego no tienes buen aspecto -le dijo el director-; estás muy pálida.

– Oh, no se preocupe, estoy bien -replicó ella, forzando una sonrisa.

El señor Vargov siempre la trataba con amabilidad, de un modo casi paternal incluso. Era amigo de su tío Dennis, y había sido quien le había dado aquel empleo en un momento de su vida en que había estado desesperada por encontrar un trabajo estable.

A pesar de ser licenciada en Ciencias Económicas no se había visto lo suficientemente preparada para el puesto que le habían dado porque no tenía experiencia, pero parecía que estaban contentos con ella.



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