
De hecho, en opinión del señor Vargov hacía demasiado bien su trabajo; decía que era demasiado concienzuda. Sin embargo, no se había tomado en serio sus sospechas de malversación de fondos. Ése era el motivo por el que había acudido al Departamento de Seguridad Nacional, y así había sido como había entrado en contacto con «Casanova».
– ¿Por qué no te tomas libre el resto de la tarde? -le sugirió el señor Vargov.
– Oh, no, no puedo hacer eso; me dijo usted que necesitaba esos informes para…
– Los informes pueden esperar; vete a casa y descansa, Lucy.
– Gracias, señor Vargov, pero de verdad que estoy bien. Quizá salga un poco antes si veo que sigue molestándome el estómago.
Y quizá debería hacerlo, se dijo cuando el director se hubo alejado por el pasillo. Tal vez así lograría despistar al hombre que había estado siguiéndola.
No le importaría nada dejar aquel trabajo. Había necesitado un lugar para recobrarse, para curar sus heridas y reencontrar el norte, y Alliance Trust, un banco de Washington, se lo había permitido, pero sentía que había llegado el momento de que continuara su camino.
Se quedaría otra hora para descargar más información a la memoria USB de alta capacidad que le habían enviado con el móvil encriptado, y luego se iría de allí para no volver.
Casanova le había prometido que la llevaría a un piso franco, y cuando hubiesen arrestado y encarcelado a todos los implicados en aquel turbio asunto, comenzaría una nueva vida en otra ciudad.
A las tres y diez ya estaba lista para marcharse. Escondió la memoria USB en el sujetador, y tras tomar el bolso y el paraguas fue a decirle a Peggy Holmes, la secretaria del señor Vargov, que se iba a casa porque le molestaba el estómago.
– Vete tranquila, Lucy -le dijo la mujer-. En todo el tiempo que llevas aquí sólo has faltado una vez al trabajo, y fue porque te tuvieron que hacer una endodoncia, si no recuerdo mal.
